Aun en los primeros meses de vida, los chicos comienzan a experimentar con
el lenguaje. Los bebés hacen sonidos, que imitan
los tonos y ritmos de la conversación adulta,
leen los gestos y las expresiones faciales y comienzan
a asociar secuencias de sonido que oyen frecuentemente
–palabras- con sus referentes (Berck, 1996). Se
deleitan en escuchar jingles y rimas familiares, juegan
con los juegos como a esconderse y descubrirse
o a hacer “tortita” y manipulan objetos, como pizarras,
libros y bloques de alfabeto, en sus juegos. De estos
comienzos destacados, los niños aprenden a usar
una variedad de símbolos.
En medio de esta adquisición de destreza mediante
estos sistemas de símbolos, los chicos, a través
de su interacción con otros, adquieren la comprensión
o la perspicacia de que distintas marcas o signos específicos
–impresos- también pueden representar significados.
Al principio van a usar las claves visuales y físicas
que rodean al material impreso para determinar lo que
algo quiere decir. Pero, a medida que van desarrollando
una comprensión del principio alfabético,
comienzan a procesar las letras, a traducirlas en sonidos
y a conectar esta información con un significado
conocido. Aunque pueda parecer que algunos chicos adquieren
esa comprensión mágicamente o por su cuenta,
los estudios sugieren que en realidad ellos son beneficiarios
de una considerable guía e instrucción
adulta, aunque esté brindada informalmente y
como un juego (Ambar, 1986; Durkin, 1966).
En estos años, las experiencias de los chicos
con el lenguaje oral y escrito manifiestan una considerable
diversidad (Hurton-Brisley, 1995). En situaciones que
ocurren en guarderías y en casa, los niños
encuentran diferentes recursos y tipos y grados de apoyo
para una lectura y escritura tempranas (MacGuill-Franzen
& Lanford, 1994). Algunos chicos pueden tener un
acceso fácil a una cantidad de material para
la lectura y la escritura, mientras otros no. Algunos
observarán a sus padres escribiendo y leyendo
frecuentemente, otros sólo ocasionalmente, algunos
recibirán instrucción directa, mientras
otros reciben una asistencia informal mucho más
casual.
Esto significa que no hay un método o enfoque
de la enseñanza que pueda considerarse el más
efectivo para todos los niños (Strickland, 1994).
En realidad, los buenos maestros ponen en juego una
variedad de estrategias de enseñanza que puede
abarcar una gran diversidad de chicos en las escuelas.
Una instrucción excelente se basa en lo que los
chicos ya saben y pueden hacer y les brinda conocimientos,
habilidades y disposiciones para un aprendizaje de por
vida. Los chicos necesitan aprender no sólo las
habilidades técnicas de la lectura y la escritura,
sino también cómo usar estas herramientas
para mejorar su pensamiento y su razonar (Neuman, en
imprenta).
La actividad más importante para construir estos
entendimientos y habilidades esenciales para una exitosa
lectura parece ser leerles a los chicos en voz alta
(Bus, Van Ijzendoorn & Pellegrini, 1995; Wells,
1985).