Las relaciones de apoyo entre estos procesos de comunicación llevan
a muchos maestros a integrar la lectura y la escritura a la enseñanza
en clase (Tierney y Shanahan, 1991). Después de todo, la escritura desafía
a los niños a pensar activamente acerca de lo impreso. A medida que los
jóvenes autores luchan para expresarse, se enfrentan con formas diferentes
de escritura, distintos modelos sintácticos y temas.
Usan la escritura para propósitos múltiples: para hacer descripciones,
listas e historias, para comunicarse con otros. Es importante que los docentes
expongan a los niños a una amplia variedad de formas de texto, incluyendo
historias, reportes y textos informativos, y que los ayuden a seleccionar el
vocabulario y a puntuar oraciones sencillas que respondan a las
demandas de la audiencia y al propósito.
La escritura a mano ayuda a los chicos a comunicarse efectivamente, por
lo tanto, deberá también ser parte del proceso de escritura (Mc
Gee & Richgels, 19, ’96). Clases cortas que muestren cómo se forman
ciertas letras junto con la publicación de escritos, dan un tiempo
ideal para la enseñanza. Los talleres de lectura y escritura, en los
cuales los maestros proveen instrucción individual y a pequeños
grupos, pueden ayudarlos a desarrollar las habilidades que necesitan para comunicarse
con otros.
Aunque los borradores iniciales de los niños contengan ortografías
inventadas, el aprendizaje de la ortografía va a ir tomando una importancia
cada vez mayor en estos años (Henderson & Beers, 1980,
Richgels, 1986). Las instrucciones para la ortografía deberán
ser un componente importante del programa de lectura y escritura, ya que ésta
afecta directamente la habilidad lectora.
Algunos maestros crean sus propias listas de ortografía, prestando especial
atención a las palabras con modelos comunes y a las de más alta
frecuencia, así como a algunas personalmente significativas dentro
de la escritura de los niños. Las investigaciones indican que el ver
una palabra impresa, imaginar cómo se escribe y copiar palabras nuevas,
es una forma efectiva de adquirir buena ortografía (Barron, 1980) Sin
embargo, aunque el objetivo del maestro sea alentar formas más convencionalizadas,
es importante reconocer que hay otros elementos en la escritura además
de ortografía y oraciones gramaticalmente correctas.
En realidad, la escritura ha sido caracterizada por Applebee (1977) como “pensar
con un lápiz”.
Es cierto que los chicos necesitarán la ayuda de los adultos para dominar
las complejidades del proceso de escritura, pero también deberán
aprender que el poder de la escritura es el expresar
propias ideas en formas que puedan ser entendidas por otros.
A medida que las capacidades de los chicos se desarrollan y ellos hablan con
mayor fluidez, la instrucción cambiará el foco
puesto en ayudar a los chicos a aprender a leer y a escribir, al objetivo de
ayudarlos a leer y escribir para aprender. Así será paulatinamente
mayor el énfasis de los maestros en alentar a los chicos para que se
transformen en lectores independientes y productivos, en ayudarlos a extender
sus habilidades de razonamiento y comprensión para aprender acerca de
su mundo. Los maestros van a necesitar ofrecerles material que los desafíe,
que les exija a los niños analizar y pensar creativamente y desde distintos
puntos de vista.
También deberán asegurarse de que los chicos
A lo largo de estos años decisivos, un preciso seguimiento de los conocimientos,
las habilidades y la disposición de los chicos para leer y escribir, ayudará
a los maestros a preparar mejor una instrucción de acuerdo con lo que están
aprendiendo los chicos y la manera en que lo hacen.
Sin embargo, la lectura y la escritura tempranas no pueden ser medidas solamente
como una cantidad de habilidades definidas con precisión en pruebas estandarizadas.
Estas medidas a menudo no son confiables o sirven como indicadores válidos
de lo que los chicos pueden hacer en las prácticas típicas, ni son
tampoco sensibles a las variaciones del lenguaje, la cultura o las experiencias
de los niños pequeños (Johnston, 1997, Shepard, 1994; Shepard &
Smith, 1988).
En realidad, un seguimiento profundo debería basarse en actividades de
escritura y de lectura de la vida real y llevar continuo registro de una amplia
gama de actividades de alfabetización de los chicos en diferentes situaciones
Un buen seguimiento es esencial para ayudar a los maestros a preparar la
instrucción apropiada a sus alumnos jóvenes y saber cuándo
y cómo alguna práctica intensiva en alguna habilidad particular
o en alguna estrategia especial, puede ser necesaria. Al final del tercer grado,
los chicos tendrán todavía mucho que aprender acerca de la alfabetización.
Claramente, algunos estarán mucho más adelantados en el camino hacia
la lectura y la escritura independiente que otros. Luego, con una instrucción
de alta calidad, la mayoría de ellos podrá decodificar palabras
con un grado aceptable de facilidad, usar una variedad de estrategias para adaptarlas
a los diferentes tipos de textos y ser capaces de comunicarse efectivamente, con
propósitos múltiples, usando puntuación y ortografía
convencionales. Pero por sobre todas las cosas, habrán llegado a verse
a sí mismos como lectores y escritores capaces, dominarán una cantidad
compleja de actitudes, expectativas, comportamientos y habilidades relacionadas
con el lenguaje escrito.