El nivel del agua estaba aumentando considerablemente su
nivel y los hombres estaban muy preocupados, pues temían
una terrible inundación en su aldea.
Era día de fiesta; fiesta en la que todos salían
a la calle con flores, ramos y palmas. Cantaban y bailaban
todo el día; la pasaban
de vedad muy bien. Y esperaban todo el año preparándose
con meses de anticipación para la gran celebración.
La gente estaba lista pero, esta vez era distinto, no llovía,
no había nubes, el mar estaba tranquilo y cada minuto
que pasaba se
acercaba más a la aldea silenciosamente. Pensaron
en trasladarse unas cuadras más adentro y continuar
con la tradición; pero era inútil, a cada
paso que daban allá llegaba el mar.
Estaban realmente aterrorizados y la única opción
fue huir, refugiándose en las montañas y tristemente
olvidarse de la diversión,
pues su aldea estaba destruida.
Solo una pequeña niña llamada Azucena se
atrevió a internarse en el mar a ver que le ocurría.
Y al llegar al muelle descubrió un grupo de
pequeños angelitos llorando desconsoladamente.
Se asustaron cuando la vieron, pero ya no había remedio...habían
sido descubiertos.
Duraron horas y horas hablando con ella mientras que el
nivel del mar volvía a la normalidad.
Azucena regresó a la aldea y convenció
a sus habitantes de reconstruirla dejando espacio suficiente
entre sus calles y casas
para sembrar jardines y frutas.
Tardaron mucho tiempo, pero resultó una obra tan maravillosa que decidieron hacer la celebración alrededor de tan hermoso colorido. Cantaron y bailaron más felices que nunca...hasta que al atardecer, milagrosamente todas las flores de la aldea se encendieron por un minuto agradeciendo a sus habitantes su esfuerzo y dedicación.
Y cuando a eso de las seis de la tarde logren ver a
una flor recogiendo sus pétalos, sabrán que
entre sus brazos descansa un
angelito consentido entre la suave belleza de la naturaleza.
Escrito y enviado por
Lina Soto Afanador
Bogotá - Colombia