Casi todo lo que en realidad necesito saber sobre
cómo vivir, qué hacer y cómo ser, lo aprendí en el
jardín de niños.
La sabiduría no estaba en la cumbre de la montaña
universitaria, sino ahí, en la caja llena de arena.
En el jardín de niños aprendí todo esto: a compartirlo
todo, a jugar sin hacer trampa, a no golpear a la
gente, a poner las cosas en el sitio de donde las
ha tomado uno, a limpiar lo que uno mismo ensucia,
a no tomar nada que no nos pertenezca, a pedir disculpas
cuando se ha lastimado a alguien, a lavarme las manos
antes de comer, a llevar una vida armoniosa, a aprender
algo, y pensar algo, y a dibujar, cantar, bailar,
jugar y trabajar un poco cada día.
Hay que dormir la siesta. Cuando salimos al mundo,
debemos tener cuidado con el tráfico, tomarnos de
la mano y permanecer juntos.
Hay que observar lo maravilloso, como la semillita
en el vaso de plástico: las raíces crecen hacia abajo
y la planta hacia arriba, y en realidad nadie sabe
por qué, pero todos somos así.
Los peces de colores, los hámsters, las ratas blancas
y hasta la semillita en el vaso de plástico, todos
mueren. Nosotros también.
Recuerdo que aprendí a observar.
Todo lo que se debe saber está a la vista, en alguna
parte: la regla de oro, "trata a tus semejantes como
quisieras que te traten a ti";
también el amor y la higiene; y la ecología,
la política y la vida sensata.
¡Cuánto mejor sería el mundo si todos pudieramos
cada tarde comer a la misma hora, y acostarnos después
a dormir la siesta, bien tapados con frazadas!
Y si en todas las naciones se observara la norma básica
de poner siempre las cosas en su lugar, y limpiar
lo que hemos ensuciado.
Esto sigue siendo verdad, cualquiera que sea nuestra
edad cronológica: que al salir al mundo más nos vale
tomarnos de la mano y permanecer juntos, así lo hice
en el jardín de niños y siempre estuve protegido.
Con cariño para todas las compañeras, un momento de reflexión.
Enviado por
Soraya Donaji Sosa López
Mérida. México