La hiperactividad se da con más frecuencia en niños que en niñas
y su proporción está alrededor de 8 de cada 100 niños escolarizados
y de 2 de cada 100 niñas escolarizadas.
Además de las diferencias cuantitativas, varios autores han señalado
que en los niños los comportamientos impulsivos, la excesiva actividad
y la falta de atención, persisten durante más tiempo, se mantienen
constantes a través de sucesivos cursos escolares y se incrementan al
aumentar las exigencias escolares.
Los indicadores de hiperactividad en los distintos momentos evolutivos son los
siguientes:
De 0 a 2 años: Descargas mioclónicas
durante el sueño, problemas en el ritmo del sueño y durante la
comida, períodos cortos de sueño y despertar sobresaltado, resistencia
a los cuidados habituales, reactividad elevada a los estímulos auditivos
e irritabilidad.
De 2 a 3 años: Inmadurez en el lenguaje
expresivo, actividad motora excesiva, escasa conciencia de peligro y propensión
a sufrir numerosos accidentes.
De 4 a 5 años: Problemas de adaptación
social, desobediencia y dificultades en el seguimiento de normas.
A partir de 6 años: Impulsividad, déficit
de atención, fracaso escolar, comportamientos antisociales y problemas
de adaptación social.
La evolución de la hiperactividad no se caracteriza por seguir una línea
uniforme ni específica. El pronóstico conlleva impulsividad, fracaso
escolar, comportamientos antisociales e incluso delincuencia.
Según Whalen (1986) aproximadamente un 25% de los niños hiperactivos evolucionan positivamente, con cambios conductuales notables y sin que tengan dificultades especiales durante la adolescencia y la vida adulta.
El DSM-III-R indica que, aproximadamente, un tercio de los individuos
diagnosticados con hiperactividad en la infancia, muestran signos
del trastorno en la edad adulta.
Los niños que son hiperactivos en todos los ambientes tienen
un peor pronóstico porque sufren con más frecuencia
las consecuencias negativas que sus comportamientos alterados provocan
en la familia, colegio y grupo de amigos; de este modo, se vuelven
más vulnerables y, por tanto, aumenta el riesgo de que desarrollen
comportamientos antisociales.
La coexistencia de conductas desafiantes, agresividad, negativismo
e hiperactividad durante la infancia conlleva una evolución
muy desfavorable, pues los problemas iniciales suelen agravarse
en la adolescencia.
En esta edad, el pronóstico incluye delincuencia, agresiones,
deficiente rendimiento académico y, en general, una adaptación
negativa.
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Enviado por
Nadia Flor Romero
Ecuador