Toda iniciativa terapéutica en el campo infantil persigue el objetivo común de favorecer la adaptación y el desarrollo psicológico de los niños. Son numerosos los autores que se preguntan si el trastorno se resuelve mediante una intervención terapéutica centrada exclusivamente en el niño, o si, por el contrario, es necesario llevar a cabo actuaciones específicas sobre la familia y el colegio para implicar a los padres y el maestro en la terapia.
En todo caso, el tratamiento de la hiperactividad consiste, desde hace varias
décadas, básicamente en la administración de fármacos,
especialmente estimulantes, así como en la aplicación de métodos
conductuales y cognitivos.
Ambas modalidades de tratamiento han obtenido éxito al mejorar el comportamiento
del niño en distintos aspectos.
Así, las terapias que combinan medicación y métodos conductuales
y cognitivos pretenden que los efectos conseguidos por los fármacos y
técnicas conductuales por separado se sumen y acumulen para lograr que
el niño mejore globalmente y su mejoría sea estable y mantenida
a través del tiempo.
Vamos a analizar cada uno de los tratamientos por separado:
Tratamiento farmacológico: A corto plazo
se ha observado disminución del nivel de actividad motora,
aumento de la atención y mejoría en el rendimiento
de los tests de atención en el laboratorio. Los tratamientos
farmacológicos se han basado habitualmente en el empleo de
estimulantes, entre ellos, Ritalin/Rubifen (metilfenidato), Dexedrina
(dextroanfetamina) y, de posterior aparición, Cylert (pemolina).
Los porcentajes indican que aproximadamente entre un 60-70 y 90
por 100 de los niños tratados con estimulantes mejoran, sobre
todo, en cuanto a su atención e impulsividad. El médico
suele decidir el estimulante más adecuado para cada niño
a partir de los siguientes criterios: tiempo que tardan en producirse
los efectos sobre el comportamiento infantil, duración de
los mismos, efectos secundarios no deseados, confianza que el profesional
tiene en el fármaco y con el que está más familiarizado.
Por sus escasos efectos secundarios, el estimulante más comúnmente
utilizado es el Metilfenidato. El tratamiento con estimulantes no
está aconsejado en la adolescencia por los posibles riesgos
de adicción. El período crítico más
adecuado para su administración coincide entre los seis y
doce años. En edades inferiores, los resultados no son tan
claros por la propia composición de los fármacos e
incluso porque el diagnóstico de hiperactividad es menos
preciso. Los estimulantes pueden ocasionar efectos transitorios
que no son relevantes y se eliminan reduciendo la dosis o distribuyéndola
en distintos momentos del día.
Los efectos más comunes incluyen insomnio, dolor de cabeza,
disforia, etc. aunque el más preocupante es la pérdida
del apetito porque puede originar disminución del peso.
También pueden aparecer alteraciones del estado de ánimo,
están tristes, tienen más sensibilidad a las críticas,
se muestran irritables.
Otros efectos menos frecuentes incluyen aumento del ritmo cardíaco
y de la tensión arterial. Aun cuando los estimulantes facilitan
que los niños participen en actividades cooperativas y de
juego debido al aumento del control de la actividad que conllevan,
puede ocurrir que si los compañeros y amigos conocen que
el niño toma medicación lleguen a discriminarlo y
marginarlo.
Por último, los expertos no olvidan los posibles efectos
negativos sobre la autoestima y competencia del propio niño.
Aquellos que toman fármacos pueden sentirse diferentes a
los demás y considerar que sus éxitos en el colegio
se deben a la acción de los fármacos más que
a su propio esfuerzo y habilidad.
Tratamiento conductual-cognitivo: El tratamiento
conductual de la hiperactividad se basa en el manejo de las consecuencias
ambientales.
Hablaremos de dos técnicas, las operantes y las cognitivas.
Los métodos operantes se orientan hacia el control de las
conductas alteradas y suponen que éstas dependen de factores,
acontecimientos o estímulos presentes en el ambiente. Por
tanto, al controlar las circunstancias ambientales es posible reducir,
alterar y mejorar el comportamiento infantil. El modelo operante
hace especial hincapié en las consecuencias que siguen a
un comportamiento cuando aparece. Según este enfoque, las
conductas se emiten y mantienen por los efectos que provocan en
el ambiente.
Cuando una conducta es seguida de consecuencias ambientales favorables,
se mantiene en el repertorio de comportamientos habituales del niño.
En consecuencia, en los casos de hiperactividad, la atención
diferencial que prestan los adultos actúa como reforzador.
En aras la adaptación del niño se recompensan conductas
apropiadas como, por ejemplo, realizar las tareas escolares, prestar
atención a las explicaciones del profesor, al material escolar,
concluir a tiempo y correctamente los problemas propuestos, permanecer
sentado, no hablar sin permiso del profesor, no tirar objetos, etc.
Mientras que, por el contrario, se tratan de extinguir los comportamientos
anómalos.
Es habitual que al principio del tratamiento las tareas que el niño
ha de realizar para obtener ganancias sean de escasa complejidad,
que irá en aumento a medida que progresa la terapia. El tratamiento
de la hiperactividad tendrá lugar en el ambiente natural,
es decir, en casa y en el colegio con lo cual deberá contarse
con la participación de los padres y maestros quienes, en
último caso y siguiendo las instrucciones del profesional,
van a administrar las recompensas tras los comportamientos adecuados
y extinguir las conductas no apropiadas.
Las técnicas operantes han demostrado mejoras a corto plazo
en el comportamiento social de los niños y en sus resultados
académicos. Dentro de las técnicas cognitivas debemos
hablar del Entrenamiento en Autoinstrucciones y del Método
de resolución de problemas.
Las técnicas cognitivas parten de la base de que los niños
hiperactivos tienen déficit en las estrategias y habilidades
cognitivas que se requieren para ejecutar satisfactoriamente las
tareas escolares. Por tanto, se considera que sus perturbaciones
y comportamientos alterados son secundarios a las deficiencias cognitivas
que les caracterizan. El entrenamiento en Autoinstrucciones consiste
en modificar las verbalizaciones internas que un sujeto emplea cuando
realiza cualquier tarea y sustituirlas por verbalizaciones que son
apropiadas para lograr su éxito. El objetivo de la técnica
no es enseñar al niño qué tiene que pensar
sino cómo ha de hacerlo.
Así pues, el método consiste en aprender un modo apropiado,
una estrategia para resolver los fracasos y hacer frente a nuevas
demandas ambientales.
En cuanto a la eficacia del procedimiento, hemos de señalar que si bien
es eficaz para modificar las estrategias cognitivas al menos en tareas sensoriomotoras,
no modifica significativamente las conductas sociales alteradas y existen serias
dudas acerca de que la estrategia aprendida se generalice y emplee para resolver
tareas de la vida real.
En cuanto al método de resolución de problemas incluiría
dos técnicas, la de la Tortuga y el Entrenamiento en solución
de problemas interpersonales.
La técnica de la Tortuga que incluye además modelado y relajación,
tiene como objetivo último enseñar a los niños a autocontrolar
sus propias conductas alteradas, impulsivas e hiperactivas. De manera resumida,
el procedimiento consiste en definir y delimitar el problema actual, plantear
las posibles soluciones al mismo y elegir una vez valoradas sus consecuencias
y resultados, aquella que se considera más apropiada. Finalmente se ha
de poner en práctica la solución elegida y verificar sus resultados
a partir de los cambios o mejoras que se consiguen.
El entrenamiento en solución de problemas interpersonales aplicado con
niños impulsivos pretende reducir sus dificultades de adaptación
social, mediante el aprendizaje de estrategias cognitivas que le permitan analizar
los problemas interpersonales, buscar soluciones eficaces y aplicarlas en el
marco de las interacciones sociales.
En general, los programas basados en la aplicación de técnicas
conductuales y cognitivas han logrado resultados favorables en alguno de los
aspectos deficitarios del trastorno, como la atención, pero, sin embargo,
queda pendiente la modificación de los comportamientos antisociales y
el mantenimiento de la mejoría en períodos prolongados de tiempo.
La combinación de procedimientos conductuales y cognitivos con el tratamiento
farmacológico es una de las opciones más aceptadas y defendidas
por los especialistas.
No obstante, la decisión última sobre el tratamiento depende de
factores como el estado clínico del niño, las posibilidades ambientales
de aplicar las técnicas y el grado de aceptación de los adultos
respecto a las alternativas terapéuticas disponibles.
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Enviado por
Nadia Flor Romero
Ecuador