Había una vez un arbolito feliz. Entre
sus ramas había pichones traviesos que jugaban y piaban
todo el día.
El árbol concocía muy bien a todos y los
quería, los quería tanto...
Cuando hacía frío los pichones se acurrucaban
entre sus hojas y si el sol estaba tibiecito, el árbol, moviendo sus ramas, les hacía dar saltitos invitándolos
a jugar.
Pero un día, entre saltito y saltito, los pichones
subieron la rama más alta del árbol y
vieron un azul hermoso y un bosque lleno de otros árboles
que no conocían.
Se dieron cuenta entonces que sus alitas habían crecido
lo suficiente como para intentar volar. Un aleteo...y otro
más...y por fin el cielo no pareció tan
lejano. Uno a uno, los pichones se fueron volando. El árbol
los miró partir con orgullo, porque entre sus ramas
los había cuidado durante mucho tiempo. Él sabía
que en una tarde de lluvia los volvería a ver acurrucándose
entre sus ramas, los recordaría siempre a cada uno
de sus pichones.
Esa noche el árbol quedó sólo y vacío.
A la mañana siguiente no sólo el rocío
mojaba sus hojas....nadie se había dado cuenta que
había llorado
Hasta siempre
Señorita María José Rey |