En el siguiente cuadro se presenta un esquema de la definición
del autismo, Trastorno Autista. En el esquema se incluyen sólo
aquellas características que se aceptan como universales
y específicas del autismo. Rara vez son las únicas.
"Las personas con trastorno autista pueden mostrar una amplia
gama de síntomas comportamentales, en la que se incluyen
la hiperactividad, ámbitos atencionales muy breves, impulsividad,
agresividad, conductas auto-lesivas, y especialmente en los niños
rabietas. Puede haber respuestas extrañas a estímulos
sensoriales. Por ejemplo, umbrales altos al dolor, hipersensibilidad
a los sonidos o al ser tocados, reacciones exageradas a luces y
olores, fascinación por ciertos estímulos También
alteraciones en la conducta alimentaria y en el sueño, cambios
inexplicables de estados de ánimo, falta de respuesta a peligros
reales y, en el extremo opuesto, temor inmotivado intenso a estímulos
que no son peligrosos. Estos rasgos son frecuentes pero no son criterios
necesarios para diagnosticar autismo.
La definición de la, que se ofrece es un intento de poner
objetividad en un campo especialmente subjetivo, como el del diagnóstico
clínico en psicopatología. Facilita que los profesionales
hablemos un mismo lenguaje y que las investigaciones se basen en
diagnósticos compartidos.
El autismo en sentido estricto es sólo un conjunto de síntomas,
se define por la conducta. No es una "enfermedad". Puede
asociarse a muy diferentes trastornos neurobiológicos y a
niveles intelectuales muy variados. En el 75 % de los casos, el
autismo de Kanner se acompaña de retraso mental; (2) hay
muchos retrasos y alteraciones del desarrollo que se acompañan
de síntomas autistas, sin ser propiamente cuadros de autismo.
Puede ser útil considerar el autismo como un continuo - más
que como una "categoría" bien definida - que se
presenta en diversos grados en diferentes cuadros del desarrollo,
de los cuales sólo una pequeña minoría (no
mayor de un 10 %) reúne estrictamente las condiciones típicas
que definen al autismo de Kanner.
La idea de un espectro autista, de los rasgos autistas como situados
en continuos o dimensiones, tuvo su origen en un estudio muy importante
realizado por Lorna Wing y Judith Gould (1979) en una zona de Londres,
el barrio de Camberwell. El objetivo de la investigación
era conocer el número y las características de los
niños de menos de 15 años con deficiencias importantes
en las capacidades de relación. Encontraron que esos niños
eran 95 de una población estudiada de 35.000. De ellos sólo
7 eran autistas en sentido estricto. Así, mientras la prevalencia
de autismo era la encontrada en otros estudios, 2 niños por
cada 10.000, la de Deficiencias Sociales Severas (DSS) era trece
veces mayor. En todos los niños con DSS (y no sólo
en los autistas) concurrían los síntomas principales
del espectro autista, con trastornos de la relación, de la
capacidad de ficción y juego simbólico, de las capacidades
lingüísticas y comunicativas y, finalmente, de la flexibilidad
mental y comportamental.
Para el conjunto de personas con cuadros situados en el espectro
autista (que, como hemos visto, no sólo incluyen a los autistas
ni siquiera sólo a los trastornos profundos del desarrollo),
puede establecerse un continuo en que los síntomas que corresponden
a unas mismas dimensiones varían, dependiendo de factores
como el nivel intelectual, la edad y la gravedad del cuadro.
Para explicar esta idea, pongamos el ejemplo de la dimensión "inflexibilidad" y de nuestros dos casos de autismo. El primero expresa la inflexibilidad haciendo estereotipias simples de manos (por ejemplo, aleteos), y haciendo girar una y mil veces objetos circulares sobre el suelo. El segundo la refleja en esas conductas diarias, que consisten en ver las mismas fotografías familiares y oír las mismas canciones. C. no tiene estereotipias simples, sino más bien intereses limitados, ciertas obsesiones, una propensión general a tener un pensamiento inflexible. Pues bien: hay un continuo que va desde la "inflexibilidad simple" de M. a la más compleja de C. Y ese mismo continuo puede establecerse para otras dimensiones del espectro autista, como el trastorno de la relación o los relacionados con la comunicación y el lenguaje.
Diferenciaremos seis dimensiones en el espectro autista: 1. Trastornos
de la relación social. 2. Trastornos de las funciones comunicativas.
3. Trastornos del lenguaje. 4. Limitaciones de la imaginación.
5. Trastornos de la flexibilidad mental y de la conducta. 6. Trastornos
del sentido de la actividad propia.
En cada una de las dimensiones del cuadro anterior, se establecen
cuatro niveles. Para interpretar el cuadro (que debe estudiarse
cuidadosamente) hay que tener en cuenta que los síntomas
principales en cada dimensión se numeran de 1 a 4, a medida
que van siendo menos graves y más característicos
de personas con nivel mental más alto. En el cuadro aparece
una dimensión nueva, que no había sido incluida en
descripciones anteriores del espectro autista: la hemos llamado
"trastornos del sentido de la actividad" y hace referencia
a uno de los problemas principales de los cuadros con rasgos autistas,
y que paradójicamente ha pasado desapercibido hasta ahora.
Los niños autistas de menor nivel ofrecen la imagen de que
realizan constantemente conductas sin sentido. Luego, gracias en
parte a los procedimientos de enseñanza y modificación
de conducta, suelen lograr hacer tareas muy breves y con control
externo. Las personas autistas de nivel más alto realizan
actividades funcionales complejas, pero frecuentemente con motivos
superficiales y sin entender bien su sentido último. Esta
dimensión nueva es muy importante, porque se relaciona con
una de las dificultades mayores para enseñar a los niños
autistas: la de encontrar vías para motivarles y lograr la
realización de actividades autónomas. En el caso de
los adultos, el aburrimiento y la propensión a la inactividad
pueden convertirse en temas esenciales del tratamiento.
La noción de un espectro autista, que puede asociarse a diversas
clases de alteraciones, puede ser muy útil desde el punto
de vista clínico y para una perspectiva educativa. En el
primer aspecto, permite descubrir un orden por debajo de la desconcertante
heterogeneidad de los rasgos autistas. En el segundo, ayuda a comprender
cómo pueden evolucionar previsiblemente, a través
del proceso educativo, los niños con autismo o cuadros relacionados.
También hace ver la necesidad de prever recursos (por ejemplo,
de personas especializadas en estos cuadros) que no sólo
son aplicables a los casos de autismo en sentido estricto, sino
también a un grupo más amplio de personas que, sin
ser autistas, presentan rasgos de incapacidad social, alteración
comunicativa, inflexibilidad, deficiencia simbólica y dificultad
para dar sentido a la acción propia. Como veíamos
antes, esos casos son mucho más frecuentes que el autismo
como tal.
Volver al índice del trabajo de trastornos del lenguaje
Enviado por
Yeni del Carmen Carvallo Ramos
Lic. Educación Preescolar
Villa hermosa- Tabasco
Mexico