La infancia, entre el pasado y el presente
4. Acerca de la infancia en el presente
Nos queda ahora la tarea de reflexionar acerca de cómo concebimos
la infancia en el presente. Revisar nuestras prácticas educativas -
familiares y escolares - e indagar en las significaciones colectivas que le
dan sentido.
Voy a esbozar muy brevemente algunas reflexiones acerca de dos cuestiones
que hacen a nuestra práctica pedagógica en el Nivel Inicial.
La idea es que a la luz de estos enfoques podamos ir delineando un proceso
de análisis acerca de la infancia en el presente. Detectar nuestras
creencias cristalizadas y naturalizadas para crear condiciones que nos permitan
producir nuevas significaciones acerca de las problemáticas educativas.
Intento dejar formuladas algunas preguntas para que el lector pueda acordar
o debatir aportando su propia perspectiva.
Estas dos problemáticas se enuncian a modo de un ejercicio de teorización
que para nada se propone realizar un análisis acabado. Por el contrario,
se trata de un borrador de ideas, un punteo de preguntas, algunas más
claras que otras que intentan comenzar a nombrar los problemas que nos preocupan
porque hablar de lo que queremos cambiar evita el silencio y el silencio contribuye
a la reproducción.
- La cuestión de la institucionalización
temprana
La práctica de la delegación temprana de la crianza
de los niños pequeños se ha instalado en nuestro
contexto y forma parte de una práctica social cotidiana
y consensuada. Cada vez más los bebés de 45 días
son separados de su núcleo familiar para ir al Jardín
Maternal y permanecer allí muchas horas al cuidado de otros.
Esta práctica coexiste junto a los discursos que exhortan
a las madres a dedicarse personalmente al cuidado de sus hijos.
Cómo tramitan las familias la separación de sus
bebés recién nacidos en una sociedad que desde los
discursos instala el amor materno como un mandato irrenunciable
y desde su organización social promueve la delegación
temprana de la crianza. ¿Cómo resuelven las jóvenes
mujeres el desafío de decidir entre los requerimientos
que le impone la maternidad y las condiciones laborales? Y, cómo
se las arreglan las propias maestras jardineras que también
son o serán madres y, en su fuero interno, se debaten entre
"si mandarían o no a sus propios hijos al Jardín
Maternal", en el caso de que pudieran elegir.
Sin duda nos encontramos ante un problema que tiene un fuerte
impacto en las instituciones de Jardín Maternal. Cómo
se organiza el vínculo con la familia considerando que
las madres, al no cumplir con las expectativas sociales del "amor
materno", sienten que traicionan los mandatos de la naturaleza.
Las mujeres en el pasado entregaban a sus hijos a las nodrizas
pero no sentían culpa por ello. Hoy se delega en la institución
y esta práctica genera ansiedad y tensión; tanto
en los que delegan como en los que reciben.
¿Qué pasó con el interés del Estado
de frenar los índices de mortalidad infantil que generaron
los discursos del amor maternal? Todo parece confirmar que las
nuevas transformaciones sociales han producido un viraje en los
intereses del Estado que hoy priorizan la inclusión de
la mujer en el sistema laboral dando lugar a un nuevo discurso
acerca de los beneficios de una educación sistemática,
institucional, en la temprana infancia.
- La cuestión de los límites
y la disciplina
La pregunta que surge, a partir de los aportes que historizan
acerca del trato que han recibido los niños en el pasado,
es en qué medida persisten en nuestras prácticas
educativas los modelos heredados y sobre qué concepción
de infancia se sostienen. En el caso de la puesta de límites
y la enseñanza de normas y valores nos encontramos con
algunas modalidades que, si bien van cambiando en su forma, conservan
los supuestos básicos de las relaciones establecidas con
los niños en el pasado.
Reflexionemos acerca de la persistencia de los métodos
de "control externo". Este se refiere a todas las formas
de intervención que procuran que el niño pueda frenar
sus impulsos imponiéndole un control externo. De tal modo
que el niño no aprende el autocontrol sino que restringe
sus acciones para evitar un sufrimiento o una privación.
Por ejemplo, cuando formulamos advertencias del tipo: "si
no se portan bien no salen al patio ...., " portate bien
o vas a ver...." , "si no se callan no hay caramelos...",
etc. para mencionar algunas de las más simples y cotidianas.
Dentro de esta categoría entran las formas de control como
las penitencias, amenazas o exclusiones que tanto en los ámbitos
familiares como escolares van adoptando diversas versiones según
las épocas y los contextos.
La idea es comenzar a indagar en las significaciones colectivas
que sostienen una práctica educativa por la cual poner
límites se convierte en instalar un control externo. Estos
modelos de intervención suponen que el niño aprenderá
la norma y controlará sus impulsos para evitar un sufrimiento
que funciona como castigo. Lo que ocurre generalmente es que se
obtiene una respuesta inmediata, o sea que son efectivos, pero
no se logra un aprendizaje a largo plazo. Por eso "hay que
repetir siempre lo mismo". La repetición da cuenta
que el control no lo realiza el niño, es externo.
El riesgo que se corre es que cuando el control externo desaparece
nos encontramos con que los niños se desbordan porque no
han desarrollado el autocontrol, no han internalizado las normas,
no han podido asumir los valores como propios; simplemente han
aprendido a obedecer momentáneamente y con el sólo
propósito de obtener algo.
Otro riesgo radica en la justificación del castigo que
naturaliza un método de enseñanza que puede avanzar
hacia formas más graves, como el castigo físico,
si no nos detenemos a tiempo.
¿Cómo desnaturalizar estos modelos? ¿Acaso
hemos construido alternativas superadoras? Esto requiere un proceso
colectivo de reflexión, implica crear condiciones para
la autocrítica sin caer en un funcionamiento culpabilizador
sino en una dinámica de teorización colectiva acerca
de nuestras preocupaciones.
Por ejemplo, repensar algunas cuestiones como qué significaciones
le atribuimos a la expresión: "portarse mal"
¿De qué hablamos cuando hablamos de "portarse
mal" o "portarse bien"? En principio nos referimos
a los que perturban, agreden, molestan, desordenan, a los que
hablan cuando pedimos silencio, etc.
Pero podríamos empezar a pensar por qué un niño
se porta mal y a buscar explicaciones se ponen en juego las diversas
formas de concebir la infancia que nos atraviesan y gobiernan
nuestras formas de pensar y sentir. Vemos a los niños como
seres poderosos capaces de hacernos sentir amenazados, que pueden
manejarnos con su fuerza según su voluntad y de quienes
tenemos que defendernos O, por el contrario, creemos que son frágiles,
inseguros, vulnerables y que para crecer necesitan vínculos
estables de amor, reconocimiento y aceptación.
Los especialistas nos advierten que los niños que se "portan
mal" son aquellos que se "sienten mal". Se sienten
poco reconocidos, que no valen, que no son queridos ni aceptados.
Estos niños, con frecuencia han tenido una historia familiar
difícil y no han recibido un trato que los haga sentirse
valiosos, sienten que no los quieren. Considerando que este sentimiento
de "no pertenecer" es uno de los que mayores sufrimientos
nos trae, también a los adultos, podemos hacer una lectura
diferente: que los niños se portan mal porque necesitan
ser mirados.
Las maestras dicen que son chicos que "quieren llamar la
atención". Pero veamos como significamos esta expresión
"llamar la atención"
Podemos adjudicarle un signo negativo: el niño está
tratando de captar nuestra atención porque quiere controlarnos,
manejarnos. Entonces los sentimos como una amenaza y tratamos
de defendernos, tratamos de neutralizarlo, nos produce enojo porque
perturba y obstaculiza nuestra tarea.
Tal vez sea necesario resignificar este llamado de atención
y pensarlo como un pedido de alguien que está padeciendo,
alguien que sufre y necesita que lo miren, que lo atiendan. Generalmente
los niños que se portan mal al final consiguen despertar
molestia y rechazo en los otros. Así, confirman y refuerzan
lo que ellos piensan de sí mismos: que no valen. Y, mientras
no comiencen a sentirse bien será muy difícil que
puedan portarse bien ¿Cómo hacemos para quebrar
esta secuencia?
La propuesta es comenzar a indagar en las significaciones colectivas
que sostienen una práctica educativa por la cual poner
límites se convierte en instalar un control externo que
legitima un régimen de castigos en sus diversas versiones.
Para pasar a entablar relaciones que se ocupen de los niños
en tanto sujetos con emociones. Esto implica dos vertientes, por
un lado, restringir las acciones que nos resultan inaceptables
pero al mismo tiempo ocuparnos de las emociones que las causaron.
Esto es comenzar a pensar en la infancia considerando al niño
como un sujeto que siente, teme y desea.
Convengamos en que mientras continuemos asumiendo que los hechos
de la realidad son datos "naturales" e inmodificables
nos estaremos volviendo conservadores, seguiremos aceptando un
orden social como inevitable. Seguiremos afirmando que "así
son las cosas..." y que las significaciones que les atribuimos
son verdades únicas.
Por el contrario cuestionar una realidad, historizarla y producir
nuevas significaciones implica por un lado aceptar que un mismo
hecho puede ser interpretado desde múltiples miradas, que
la pluralidad de enfoques nos ayuda a abordar la complejidad de
las problemáticas. Pero además, nos permite comenzar
a debatir qué es lo mejor para cada uno para convertirnos
en constructores de nuestra realidad, al menos en aquellos aspectos
que dependen de nosotros.
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Preparado y enviado por
Claudia E. Gerstenhaber
Prof. y Lic. en Ciencias de la Educación.
Publicado en:
0 a 5 LA EDUCACIÓN EN LOS PRIMEROS AÑOS
Ediciones Novedades Educativas - Año 2001
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