Desarrollar el gusto por la lectura, propiciar el placer
de leer, hacer que leer resulte una fuente de dicha, de amor
o de gozo... tales son las afirmaciones más frecuentes
sobre los objetivos del aprendizaje. Se insiste mucho sobre
los vínculos entre aprendizaje y placer, y ello legítimo.
Sin embargo, es necesario subrayar aquí el error que
cometemos haciendo de dicho placer el objetivo de la tarea
de aprendizaje. Es confundir "objetivo" y "subjetivo" y hacer
una mezcla de ámbitos totalmente distintos: el placer
es, se quiera o no se quiera algo personal.
El placer obligatorio y el amor impuesto constituyen medios
seguros para quitar el apetito e inducir deseos bien distintos.
No es absurdo pensar que nuestra espera obstinada por verles
amar la lectura constituyen una de las causas de rechazo de
la lectura en determinados jóvenes y, más aún,
cuando la escuela raramente les ha hecho vivir la lectura
como un placer.
Nuestra tarea como docentes consiste en ayudar al niño/a
a construir las herramientas de sus placeres, y no obligarle
a sentirlos.
El verdadero objetivo de un aprendizaje digno de tal nombre
es hacer que los niños/as sean capaces de utilizar
lo escrito en cualquier circunstancia, para cualquier tipo
de proyecto (también si se trata del suyo) para un
proyecto de placer o de expansión.
Por otra parte, asociar de un modo sistemático lectura y pacer conlleva sus riesgos:
No hay que confundir al niño, leer no es sinónimo de placer.
Mariana Cánepa
Prof. Nivel Inicial
Buenos Aires