Leer es siempre aprender. Cuando leemos una novela, un cuento,
una poesía nos nutrimos de sensaciones, reconocemos
valores, imaginamos paisajes y personajes... y todo ello,
de modo más o menos consciente, lo incorporamos
nosotros mismos. Y ahí queda, formando ese pozo fértil
que crecerá con nuevas lecturas y germinará
cualquier día.
Cada libro necesitará un tipo de lectura, pero en
todos los casos estaremos leyendo, y de una manera u otra
nos encontramos en disposición de aprender nuevos conceptos,
de ampliar y asentar nuevos aprendizajes.
La biblioteca escolar ofrece o debería ofrecer todas
esas posibilidades.
El profesorado desempeña aquí un papel importante:
el de introducir a los niños en un camino que les ayude
a discernir los distintos soportes que se encuentran a su
alcance y orientarles sobre cómo leerlos e interpretarlos.
Se impondrá pues la formación de lectores competentes
que dominen estrategias de lectura diferentes según
el propósito que se persiga: localizar datos, informarse,
disfrutar, aprender.
El aprendizaje está muy unido a la curiosidad y a la
capacidad de hacernos preguntas. Si fomentamos la primera
y ponemos los medios necesarios para que los usuarios encuentren
respuestas, estaremos sentando las bases de una biblioteca
escolar eficaz.
Si la conjunción de esfuerzos y acciones ha conducido
al niño o la niña por un camino amplio, diverso
y atractivo en el bosque multicolor de los libros y ha integrado
sus experiencias de manera positiva, es más probable
que decida continuar caminando, ya sólo, por los múltiples
senderos que las bibliotecas escolares ofrecen. En este caso,
todos los esfuerzos, que sí hay
que hacer, habrán valido realmente la pena.