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La historia de Marirroja

La historia que les voy a contar es una historia muy particular. Créanme que no es cuento. Todo sucedió de verdad. En el jardín de la casa de mi abuela, siempre hubo hermosas plantas y flores de distintos y colores y olores. En una esquinita del fondo había un simpático limonero que en verano nos regalaba los más ricos limones para hacer limonada. Un poquito más acá, justo debajo de una ventana, se levantaba un imponente rosal que al acercarnos a oler las preciosas rosas nos decía: “Cuidado con tocarme porque tengo espinas”. Y cubriendo toda la pared que daba con la casa del vecino, alzaba sus brazos una verde y frondosa enredadera. A decir verdad, yo creo que estaba enamorada de ese muro.

Pero esta historia no se trata del limonero, ni del rosal, ni de la enamorada del muro. Ésta es la historia de Marirroja, una hermosa margarita roja que nació en la primavera del año dos mil.

Ese año el limonero y el rosal, se habían pasado el invierno entero discutiendo sobre qué plantas iba a plantar la abuelita cuando llegara la primavera.

  • Para mi va a poner unos lindos girasoles – dijo el limonero.
  • ¿Girasoles? – preguntó asombrado el rosal. ¡Los girasoles viven en el campo y son una familia enorme! En este pequeño jardín no van a entrar.
  • Tenés razón – dijo pensativo el limonero.
  • Yo creo que van a ser tulipanes – dijo el rosal muy convencido – me gustaría conocer a una flor extranjera que hable en holandés.
  • Pero si los tulipanes viven en lugares fríos – contestó el limonero – con el calor que hace aquí en verano, se van a querer volver a su país.

Y así pasaron todo el invierno, que girasoles, que tulipanes… hasta que una cálida mañana de septiembre, cuando el sol comenzaba a calentar un poquito más fuerte, la enamorada del muro (que nunca se desprendía de él) los llamó a sus compañeros en voz muy baja:

- Pst, chicos, ¡despiértense! Creo que vamos a tener vecinos nuevos –

Limonero y rosal que se habían quedado hasta muy tarde hablando del clima, se despertaron lentamente y observaron. La dueña de casa había salido en delantal y llevaba una palita y una bolsita con semillas. Suavemente hizo un agujerito en la tierra y arrojó en él una hermosa semillita. Después la tapó con un poco más de tierra, la regó y se fue a tomar el desayuno.

- ¿Quién será nuestro nuevo vecino? – Se preguntaron el limonero, el rosal y la enamorada del muro a la vez. Pero no lo podían saber. Iban a tener que esperar hasta que creciera.

Mientras tanto, la semillita, sin saber lo que había afuera, se la pasaba muy tranquila durmiendo bajo la tierra, mientras recibía el calorcito del sol y el agua de la lluvia. ¡Las demás plantas no veían la hora de conocerla! Y así pasaron los días hasta que una tarde, la semillita se sintió rara. Se despertó y se dijo a sí misma:

- Creo que estoy creciendo, ¡este huequito ya me queda muy chiquito! Y sin pensarlo se estiró. Al hacerlo se dio cuenta que le habían crecido unos pequeños pelitos, que se metían profundo por la tierra. ¡Eran sus primeras raíces!

– ¡Es verdad! - dijo contenta – ¡Estoy creciendo! Y así pasaron, horas y días, hasta que una semana después volvió a sentirse rara, pero esta vez se dio cuenta que desde un costado le había brotado un pequeño tallo que buscaba salir de la tierra. – ¡Voy a ver como es el mundo allá afuera! – pensó muy feliz. Y esperó ansiosa.

Unos días más tarde, el limonero que estaba tomando sol en su rincón, miró hacia el cantero y descubrió un pequeño tallito que se asomaba de la tierra.

- ¡Amigos!,¡Amigos!, ¡Tenemos compañía! – dijo señalándolo.

Limonero, rosal y enamorada miraron asombrados. Una nueva plantita estaba naciendo. ¡Qué felices que estaban! Y durante varios días no hicieron otra cosa que ver cómo crecía. De a poco comenzaron a salirle unas hojitas, después otra, y otra. La tierra generosa le calmaba el hambre dándole muchos nutrientes que la plantita absorbía feliz por sus raíces. La lluvia dejaba caer sus gotas muy cerquita de ella para que no tuviera sed. Y el sol, con sus rayos, le daba luz y calor.

La plantita crecía feliz, estaba contenta de haber nacido en ese hermoso jardín. Pronto se hizo amiga del rosal y del limonero, y más tarde de la enamorada del muro. Se pasaban tardes enteras conversando bajo el sol. El viejo limonero le contaba largas historias de cuando era joven; el rosal le enseñaba orgulloso sus preciosas flores; y la enamorada del muro no hacía otra cosa que hablarle de su guapo muro.

Un día cuando ya se estaba haciendo de noche, el rosal que siempre se fijaba en los detalles, le preguntó a la plantita:

- Che plantita, ¿Vos das flores? Se hizo un largo silencio y la plantita respondió. – No lo sé rosal, nunca lo había pensado, pero me gustaría mucho tener flores como vos alguna vez.

La plantita que hasta ahora había sido muy feliz, se puso un poco triste y pensó: ¿Y si nunca me salieran flores? ¿Y si nunca consigo saber qué planta soy? Había plantas sin flores, como la enamorada del muro, que igual eran felices. Pero ella quería tener su florcita, aunque fuera una sola. Y así un poquito llorando se fue a dormir.

Al día siguiente, el primero en despertarse fue el rosal. Le gustaba mucho tomar el suave sol de la mañana sin que nadie lo molestara. Pero al mirar hacia la plantita vio que le había nacido un bultito raro. No la quería despertar, ¡Pero se moría de la curiosidad!

- Hey, plantita, despertate. Che. Dale – le dijo apurado.

- Aaaaggg… ¿Qué pasa rosal? – preguntó la plantita bostezando.

- Mirá, mirá lo que tenés ahí – respondió el rosal

- mmm, ¿A dónde? – volvió a preguntar perezosa la plantita.

- ¡Ahí, ahí! ¡Arriba, arriba! – dijo apurado el rosal.

Y la plantita miró. El rosal tenía razón. Algo raro le había salido, pero no sabía qué era. Parecía una bolita, del mismo color verde que ella y le había crecido de la noche a la mañana. La plantita se asustó ¿Se habría enfermado? Y apurada le preguntó al limonero si él sabía qué era lo que tenía. El limonero trató de ayudarla, pero tampoco tenía idea de lo que era ese bultito. Decepcionada la plantita le preguntó a la enamorada del muro.

- Enamorada, ¿Vos sabrías decirme qué es esto que tengo acá? Mirá. – dijo señalando el bulto- Me salió anoche y tengo miedo de estar enferma.

- Mmmm – pensó la enredadera sin soltarse de su muro-. Me parece haber visto algo así antes, pero no me acuerdo dónde. Y pensó un ratito… Unos minutos después, la enamorada del muro le dijo: - ¡Plantita! ¡Ya me acordé dónde vi un bultito como el tuyo!- Y la plantita se estiró para escucharla.

- Como verás, yo quiero tanto a mi muro que una de mis ramas llegó hasta el otro lado de la pared y en el patio del vecino, vi que a una planta le pasaba lo mismo que a vos. Creo que ese bulto que tenés es porque te está por salir una flor.

¡Uy! ¡Una flor!, no saben lo contenta que se puso la plantita. Rápido le fue a contar al rosal que ella también iba a tener una flor como él. El limonero que la escuchó se puso muy contento. Todos estaban deseosos de verla florecer.

Y así fue que unos días más tarde, el bultito que había crecido, empezó a abrirse y dejó ver que adentro de él había una pequeñita flor roja. Tenía unos pétalos alargados y finitos, y todos los días crecía un poquito más. Todos en el jardín estaban contentos, y más aún la plantita que ahora tenía su flor.

- Tenemos que ponerte un nombre – dijo el limonero – ¡No te podemos llamar plantita para siempre!

- El limonero tiene razón – contestó serio el rosal – Todos acá tenemos uno.

La plantita lo pensó. El limonero y el rosal estaban en lo cierto, no podía vivir para siempre llamándose plantita. ¡Y menos ahora que tenía una flor! Pero había un problema. Ella no sabía qué planta era. La enamorada del muro que la vio pensativa le dijo:

- Plantita, yo sé que planta sos. ¡Ahora que veo tu flor me doy cuenta!

- ¿Si? ¿Qué soy? - preguntó ansiosa la plantita.

- Me parece que sos una margarita – respondió la enredadera

- ¿Una margarita? – preguntó extrañada la plantita – ¿Pero las margaritas no son blancas?

En eso estaban cuando el limonero dijo: - Sí, las más comunes son blancas, pero yo creo que vos sos muy especial, por eso naciste roja.

- ¡Ah! ¡Qué lindo! – dijo la margarita.- ¡Soy una margarita roja!.

- Marirroja – dijo el rosal. – Si sos una margarita roja ¿Por qué no te llamamos Marirroja?

Y así fue como el limonero, el rosal, la enamorada del muro y Marirroja, vivieron juntos y felices en el jardín de la casa de mi abuela.

Enviado por
María Cecilia Castañeda

Palabras claves - Keywords:

A continuación aparecen algunas palabras claves relacionadas con este trabajo: botánica, plantas, flores, cuento, literatura, crecimiento, margarita, limonero, enredadera.
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